jueves, 13 de agosto de 2026

Capítulo 9: Yamely

Mi historia con Yamely comenzó de una manera que, vista en retrospectiva, resulta casi increíble.

Nuestros caminos se cruzaron en 1998, en una escuela pública, cuando ambos cursábamos el primer grado de secundaria.

Como sucede al comenzar un nuevo ciclo escolar, cada uno debía elegir su lugar. Yo escogí el mío y ella el suyo. Entre los dos había alrededor de tres filas de distancia.

Parecía que así iban a quedarse las cosas. Pero aquel mismo día ocurrió algo inesperado. Algunas compañeras comenzaron a pedirme que les cambiara mi lugar.

Yo era un chaval tímido y bastante tranquilo así que dije bueno, nada me quita cambiarles mi lugar. Accedí a cambiarle el lugar a la primera que me lo pidió. Después llegó otra. Y luego otra.

Y así, entre un cambio y otro, terminé sentado justo frente a ella.

Frente a Yamely.

Yo ya la había visto. Tenía el cabello lacio, castaño oscuro, tan largo que le llegaba hasta la cintura. Tenía la piel clara, unos ojos que llamaban la atención y una sonrisa que, al verla, hacía difícil no enamorarse.

También tenía un aroma muy particular. No sé exactamente cómo describirlo. Simplemente me atraía. Era un olor que asociaba con ella y que, muchos años después, todavía sería capaz de reconocer en mi memoria.

Yamely era, además, la chica más aplicada del salón. Y probablemente también la más seria.

Con el paso de los meses comenzamos a hacernos amigos. Sin darnos cuenta, empezamos a tomarnos cariño.

Competíamos para ver quién obtenía la mejor calificación.

A mí, sinceramente, nunca me había interesado demasiado la escuela. Pero ella comenzó a convertirse en una especie de motivación. Pensaba que, si conseguía ser un buen estudiante, quizá ella se fijaría en mí.

Así que poco a poco comencé a mejorar mis calificaciones. Lo curioso es que, aunque a ella le gustaba que yo fuera aplicado, también veía en mí otras cosas de las que yo todavía no era completamente consciente.

Le gustaba que fuera callado y serio. Pero, al mismo tiempo, intuía que detrás de ese silencio había una persona cariñosa.

Nos hicimos muy amigos. A veces hablábamos por teléfono. Otras veces yo iba a visitarla a su casa. Y mientras nuestra amistad crecía, yo comenzaba a enamorarme de ella. No fue un enamoramiento pasajero. Me estaba enamorando profundamente.

Pasó primero de secundaria y nosotros seguimos siendo amigos.

Yo era demasiado torpe para entender cómo funcionaba aquello del amor. No sabía cómo decirle lo que sentía. No sabía si ella sentía lo mismo. Y, sobre todo, no sabía cómo dar ese primer paso.

Llegó segundo de secundaria. Era 1999 y el ciclo escolar estaba a punto de terminar. Entonces ocurrió algo que yo jamás había imaginado.

Una amiga de Yamely me dijo que ella estaba enamorada de mí. No lo pensé dos veces. En ese momento Yamely estaba en el patio de la escuela. Yo bajé corriendo las escaleras desde un segundo piso. La busqué. Y le propuse que fuera mi novia.

Ella aceptó.

Así, después de casi dos años de amistad, de miradas, conversaciones, llamadas telefónicas, visitas y esa especie de amor silencioso que había ido creciendo entre nosotros, finalmente nos hicimos novios.

Yo fui feliz.

Muy feliz.

Todo aquello que había deseado durante tanto tiempo finalmente estaba sucediendo.

Por primera vez pude tomar su mano como su novio. Y cuando la toqué sentí un calor que nunca había experimentado antes.

Hoy sé que aquello era amor. Un amor adolescente, ingenuo y absolutamente sincero.

Me sentía aliviado.

Feliz.

Completo.

Pero aquella felicidad duró muy poco.

Nos hicimos novios un viernes. El lunes siguiente volvimos a vernos y nos besamos.

Habían pasado apenas una o dos semanas cuando un día regresé de la escuela y encontré a mi mamá angustiada.

Me dijo:

—Recoge lo que puedas de tus cosas. Te vas a vivir con tu papá. En este momento salimos a la terminal de autobuses.

No podía creerlo.

No quería irme.

Por fin había conseguido estar con Yamely y, de repente, aquello se estaba consumiendo frente a mí a cada minuto.

Hoy, viendo las cosas desde la distancia, me parece increíble que no se me hubiera ocurrido llamarla para despedirme. Fui demasiado ingrato.

Pero tenía trece o catorce años. No sabía cómo enfrentar una despedida así.

Recogí lo que pude, metí algunas cosas en mi mochila y nos fuimos a la Terminal de Autobuses del Norte.

Lloré durante prácticamente todo el camino de la Ciudad de México a Guanajuato.

Y mi dolor tenía todavía otra razón.

Yamely me había contado que, al terminar la secundaria, ella y su familia tenían planes de regresar a Nueva York.

Ella ya había vivido allá durante algunos años. Yo sabía que probablemente se iría. Y ahora yo también estaba dejando la Ciudad de México.

De pronto, todo parecía indicar que nuestras vidas se separarían por completo.

Pensaba que quizá nunca volvería a verla.

Y entonces, en medio de aquel dolor, comencé a repetirme algo en silencio:

Tengo que volverme famoso.

Tengo que hacer algo para que ella sepa dónde estoy y podamos volver a encontrarnos.

Lo curioso es que, visto desde hoy, aquella idea resulta casi profética.

Yo ni siquiera tenía pensado dedicarme a la música. Todavía no sabía qué iba a hacer con mi vida.

No tenía una carrera musical.

No tenía un proyecto.

No tenía un nombre artístico.

Era solamente un adolescente de trece o catorce años que acababa de perder, de un momento a otro, a la persona de la que estaba enamorado.

Y, sin embargo, dentro de mí apareció aquella idea:

Algún día tendría que volver a encontrarla.

No sabía cómo.

No sabía cuándo.

Ni siquiera sabía quién iba a ser yo cuando eso ocurriera.

Pero quería que ella pudiera encontrarme.

Y así, aquel amor que apenas había comenzado, terminó de la manera más abrupta posible.

No hubo una ruptura.

No hubo una pelea.

No dejamos de querernos.

Simplemente nos separaron las circunstancias.

Después pasó mucho tiempo.

Muchísimo.

Y aunque la vida siguió avanzando, nunca pude sacarla completamente de mí ni de mi corazón.

Durante años nuestras vidas caminaron por caminos distintos.

Cada uno hizo su propia historia.

Pero aquella niña de cabello largo, aquella sonrisa que me había enamorado desde el primer año de secundaria, siguió guardada en algún lugar de mi memoria.

Y algún día, muchos años después, volveríamos a encontrarnos.

Pero esa historia, tendrá que esperar.

 Este capítulo forma parte de Mi vida, mi Amor Bonito, la autobiografía de Luis Maum.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Capítulo 8: El volcán en llamas

Mi adolescencia no llegó poco a poco.

Llegó como una explosión.

Si alguien hubiera conocido al Luis de los primeros años de secundaria, probablemente habría imaginado un futuro completamente diferente para mí.

Durante los primeros dos años fui un buen estudiante. Incluso llegué a formar parte del cuadro de honor.

Seguía siendo aquel niño tranquilo, serio y responsable. No era de los que buscaban problemas. Más bien todo lo contrario: observaba, escuchaba y trataba de hacer las cosas bien.

Pero en tercer año de secundaria algo comenzó a romperse. A mi mamá le detectaron cáncer.

Mis padres se divorciaron y después cada uno rehízo su vida con nuevas parejas. La estructura familiar que hasta entonces había conocido comenzó a cambiar frente a mí.

Y yo todavía no sabía cómo procesar todo aquello. Una cosa detrás de otra:

La enfermedad de mi mamá.

La separación de mis padres.

Los cambios de casa.

La sensación de que aquello que hasta entonces había entendido como mi familia comenzaba a desordenarse.

Y mientras todo eso ocurría, yo también estaba cambiando.

Tenía una edad en la que uno comienza a preguntarse quién es, qué quiere y a dónde pertenece.

Pero yo no tenía respuestas.

Tenía emociones.

Tenía enojo.

Tenía miedo.

Tenía confusión. Y no sabía qué hacer con nada de eso.

Entonces apareció la música de una manera diferente. Hasta ese momento había sido compañía, curiosidad, descubrimiento. Ahora comenzaba a convertirse también en una forma de desahogo.

Mis gustos musicales se volvieron mucho más intensos, o al menos eso me parecía a mí en aquella época.

Descubrí bandas que hablaban desde la rabia, la frustración, la inconformidad y esa sensación de no encajar que muchas veces acompaña a la adolescencia.

Yo encontraba algo de mí en esas canciones.

No necesariamente porque las letras contaran exactamente mi historia, sino porque tenían una energía que parecía darle forma a cosas que yo todavía no sabía nombrar.

Había emociones que no podía explicar.

Dolores que no sabía cómo expresar.

Preguntas para las que nadie tenía respuestas.

Y entonces ponía música. El volumen podía decir lo que yo todavía no podía.

Pero mientras la música encontraba una salida, mi vida también comenzó a tomar caminos que no necesariamente me estaban llevando a un buen lugar.

Dejé la escuela.

Comencé a beber y atravesé una etapa de excesos que, vista desde la distancia, hoy puedo entender de otra manera.

No lo cuento para hacer de aquella época un alarde.

No lo fue.

Fue una etapa complicada.

Muy, muy heavy.

Era un adolescente intentando encontrar una manera de lidiar con cosas que me quedaban grandes y, en el proceso, también tomé decisiones que me alejaron de la persona que había sido durante mis primeros años.

No me enorgullezco de todo lo que hice entonces, pero tampoco reniego de aquel muchacho.

Era yo.

Un adolescente confundido, tratando de encontrar alguna forma de escapar de todo aquello que no sabía cómo enfrentar.

Y quizá esa sea la manera más honesta en la que puedo contar aquella etapa.

Sin justificarla.

Sin presumirla.

Simplemente reconociendo que ocurrió.

Sin embargo, había algo que permanecía.

La música. A pesar de todo, seguía ahí.

Como había ocurrido desde niño, continuaba siendo ese hilo que me conectaba con algo que estaba más allá de lo que estaba viviendo.

Podía cambiar la escuela.

Podían cambiar las personas.

Podía cambiar mi familia.

Podía cambiar yo.

Pero la música seguía acompañándome.

Y entonces apareció un instrumento que cambiaría mi vida:

el bajo eléctrico.

Pero antes de llegar a él, todavía había una historia que tenía que ocurrir.

Una historia que también estaba relacionada con mi familia.

Y con una persona que, muchos años después, sería una de las razones principales por las que entendería de una manera mucho más profunda qué significa el amor bonito.

Porque antes de irme a Guanajuato, antes de que mi mamá enfrentara el cáncer, antes de que muchas cosas cambiaran...

Hubo una niña.

Una compañera de secundaria.

Una historia que comenzó casi como comienzan las historias que terminan siendo importantes:

Sin que nadie supiera todavía cuánto iban a significar.

 Este capítulo forma parte de Mi vida, mi Amor Bonito, la autobiografía de Luis Maum.

 

martes, 11 de agosto de 2026

Capítulo 7: La taza naranja y el niño que tenía ritmo

Años después, cuando todavía era un niño, ocurrió algo que cambiaría la manera en que mi papá me veía musicalmente.

Mi papá trabajaba como músico en el Centro Vacacional Oaxtepec, en Morelos.

Para mí, acompañarlo era toda una aventura.

Yo tenía alrededor de nueve años y, mientras él tocaba en los restaurantes del lugar, yo ayudaba repartiendo volantes de los sitios donde se presentaba.

Me pagaban poco, pero para un niño aquello significaba algo importante: tenía mi propio dinero. Además, podía recorrer prácticamente todo el centro vacacional.

Con el tiempo llegué a conocerlo como la palma de mi mano. Sabía sus caminos, sus rincones y sus espacios. Conocía los lugares donde se podía caminar, los restaurantes y las zonas por donde normalmente se movía la gente.

Una tarde, mientras mi papá tocaba en un restaurante llamado Los Tabachines, propiedad del señor Tenorio, yo estaba sentado frente a él.

No estaba haciendo nada extraordinario. No estaba intentando demostrar nada. Simplemente tenía una taza naranja de plástico y una cuchara.

Y comencé a marcar el ritmo de la canción que mi papá estaba tocando.

Para mí era algo completamente natural.

Pero para él no pasó desapercibido. Había algo en la manera en que seguía el ritmo que llamó su atención.

Entonces decidió ponerme a prueba.

—Voy a tocar otra canción y tú me sigues.

Acepté.

Mi papá cambió de canción. Y yo volví a seguirlo. Una canción. Después otra. Y otra. No sabía nada de teoría musical. No conocía los términos para explicar lo que estaba haciendo. Simplemente podía sentir el tiempo.

Desde pequeño había tenido una relación curiosa con el ritmo.

Recuerdo que cuando tenía relojes de manecillas me gustaba calcular mentalmente cuándo la aguja llegaría al número doce.

No necesitaba escuchar el tic-tac.

Simplemente lo sentía. Calculaba. Y muchas veces acertaba.

Era como si tuviera un pequeño reloj funcionando dentro de mí.

Yo todavía no sabía que aquello tenía algo que ver con la música. Pero mi papá sí comenzó a notarlo. Y entonces hizo algo que no esperaba.

Dejó de tocar.

Se levantó de su lugar y se fue al pequeño cuarto donde se hospedaba cerca del centro vacacional.

Unos minutos después regresó con una batería electrónica Sony que funcionaba con pilas. Para mí aquello parecía casi un juguete futurista. Tenía botones, sonidos y diferentes ritmos.

En aquellos años, algo así podía parecer una pequeña maravilla tecnológica.

Mi papá me enseñó cómo funcionaba y comencé a experimentar con ella. No tardé demasiado en aprender. Y poco después empecé a acompañarlo.

Los meseros del lugar terminaron poniéndole un apodo:

“El Nintendo”.

La comparación era inevitable. Aquella batería electrónica parecía un control de videojuego. Pero para mí no era un juego.

Era música.

Por primera vez estaba dejando de ser solamente el niño que escuchaba las canciones de su papá.

Ahora podía entrar en ellas.

Podía seguirlas.

Podía acompañarlas.

Podía formar parte de lo que estaba sucediendo.

Mis presentaciones con mi papá fueron pocas, pero aquella experiencia dejó algo que no se borró. Por primera vez sentí que la música no solamente era algo que podía escuchar o imaginar. También podía participar en ella.

Y, sin embargo, había una contradicción.

A pesar de aquella facilidad natural, yo seguía siendo un niño introvertido. No era de esos niños que soñaban con subirse a un escenario y convertirse en el centro de atención.

De hecho, estar frente a la gente me provocaba cierta incomodidad. No sé si llamarlo miedo. Era algo más difícil de explicar.

La música me atraía.

Pero al mismo tiempo, una parte de mí prefería quedarse en silencio, observar desde un rincón y dejar que fueran otros los que ocuparan el centro.

Esa contradicción me acompañaría durante muchos años.

Por un lado, estaba el niño que podía escuchar el ritmo y seguirlo casi de manera instintiva.

Por otro, estaba el niño que todavía prefería pasar desapercibido.

Todavía no sabía que algún día tendría que aprender a convivir con los dos.

Este capítulo forma parte de Mi vida, mi Amor Bonito, la autobiografía de Luis Maum.


 

Capítulo 6: Cuando la música dejó de ser solamente algo que escuchaba

Durante muchos años estuve rodeado de música, pero eso no significaba que me imaginara como músico.

La escuchaba.

La disfrutaba.

La necesitaba.

Pero todavía no me veía a mí mismo creando.

La música pertenecía a otros: a mi papá, a mi mamá, a los discos, a la radio.

Yo era quien escuchaba.

Hasta que un día ocurrió algo que, en aquel momento, parecía simplemente una experiencia de infancia. Muchos años después entendería que había sido uno de los primeros momentos en los que sentí una conexión real con la creación musical.

Fue alrededor de 1991 o 1992, yo habré tenido unos 6 o 7 años no más.

Mi papá había recibido prestado un teclado Yamaha. No recuerdo exactamente el modelo. Era uno de esos teclados pequeños que, además de las teclas, traían una caja de ritmos integrada.

Para alguien que años después conocería sintetizadores, estaciones de trabajo y equipos mucho más sofisticados, probablemente aquel teclado parecería bastante sencillo.

Para mí era otra cosa.

Era prácticamente una puerta hacia otro universo.

Un día lo tomé.

Lo puse sobre mis piernas y comencé a tocar.

No sabía teoría musical.

No conocía escalas.

No sabía qué estaba haciendo técnicamente.

Simplemente dejé que mis manos buscaran sonidos.

Presionaba una tecla y escuchaba.

Probaba otra.

Volvía a una anterior.

Y poco a poco apareció una melodía.

No era una canción terminada.

No tenía una estructura definida.

No tenía letra.

Pero era algo que había nacido de mí.

Y eso produjo una sensación que todavía puedo reconocer cuando la recuerdo.

Mientras tocaba, todo lo demás desapareció.

El tiempo.

El ruido alrededor.

Cualquier preocupación.

Solamente estaba yo y aquel sonido que estaba creando.

No sabía que eso tenía un nombre.

No sabía que años después iba a pasar muchas horas buscando exactamente esa sensación.

Simplemente me gustaba estar ahí.

Muchos años después, cuando me sentaba frente a un teclado para componer, esa misma sensación regresaba.

Esa capacidad de olvidarme del mundo durante un rato.

De entrar en un espacio donde solamente existe la música.

Lo curioso es que en aquel momento no pensé:

Voy a ser músico.

No hubo una revelación dramática.

No hubo una decisión de dedicar mi vida al arte.

Simplemente ocurrió.

Después de un tiempo, mi papá tuvo que devolver el teclado. Y aquel primer instrumento desapareció de mi vida. Aunque todavía quedaba otro instrumento importante en la casa.

El Fender Rhodes.

Pero ese tenía una regla muy clara:

No se tocaba.

Era un instrumento de mi papá.

Así que aquel teclado Yamaha fue, por un tiempo, mi primer espacio de libertad musical.

No tenía permiso para convertir el Rhodes en un juguete. Pero sí había podido sentarme frente a aquel Yamaha y descubrir algo que nadie me había enseñado:

que yo también podía hacer que un instrumento dijera algo que antes no existía.

Después el teclado se fue. Y durante un tiempo no pasó nada.

Al menos eso parecía.

Porque aquella primera experiencia quedó guardada en algún lugar de mi memoria.

Una de esas cosas que parecen insignificantes cuando suceden, pero que muchos años después, cuando uno mira hacia atrás, adquieren otro significado.

Ahí fue la primera vez que entendí, aunque todavía no pudiera ponerlo en palabras, que la música también podía salir de mí.

 Este capítulo forma parte de Mi vida, mi Amor Bonito, la autobiografía de Luis Maum.


Capítulo 5: Los primeros músicos que tuve cerca

 La música ya estaba alrededor de mí mucho antes de que yo me considerara músico.

Vivía en mi casa.

Estaba en las reuniones familiares, en los instrumentos, en las voces y en las canciones que sonaban una y otra vez.

Mis primeros maestros no tenían un salón de clases.

Eran mis propios padres.

Mi papá es músico. Un músico veterano que durante muchos años ha vivido de la música. Desde que tengo memoria, los instrumentos formaron parte de nuestra casa y de mi vida.

Mi mamá era diferente.

Nunca tuvo una formación profesional como cantante, pero tenía algo que yo siempre admiré en ella: un oído musical impresionante.

Tenía una sensibilidad especial para reconocer una buena canción. Podía escuchar algo y saber si le gustaba, aunque quizá no hubiera sabido explicar técnicamente por qué.

Siempre he pensado que, si hubiera estudiado música, habría sido una gran intérprete.

Mis papás tenían un grupo llamado Los Mustios.

Era una agrupación versátil, de esas que podían moverse entre distintos estilos y tocar lo mismo en una reunión que en un café cantante o en algún evento.

Para mí, ellos simplemente eran mis papás.

Pero también eran músicos.

Y poco a poco comencé a entender que aquella parte de sus vidas también formaba parte de la mía.

Uno de los recuerdos musicales más importantes de mi infancia está relacionado con una canción: Adiós a Jamaica.

A finales de los años ochenta, durante una presentación de Los Mustios en un café cantante, alguien grabó al grupo en un casete. Quizá fue mi papá; no lo recuerdo con certeza.

En aquellos años era común que las grabadoras portátiles tuvieran un pequeño micrófono integrado. No era una grabación profesional ni mucho menos. Era simplemente una manera de guardar un momento.

Días después escuchamos aquella grabación.

No recuerdo exactamente en qué momento de la canción ocurre, si al principio o al final, pero hay algo que nunca olvidé: la voz de mis papás por el micrófono dedicándonos la canción a sus hijos.

A mis hermanos y a mí.

Aquella grabación podía parecer cualquier cosa para alguien que no conociera nuestra historia.

Para mí era otra cosa.

Ese casete no solamente guardaba música. Guardaba un pedacito de mi familia. Y quizá por eso las grabaciones siempre han tenido un significado especial para mí. No solamente por cómo suenan, sino por todo lo que pueden contener sin que uno se dé cuenta.

Una voz.

Una época.

Una persona que ya no está.

Una noche que no volverá.

Un amor.

Mi papá siempre fue una figura compleja para mí. Por un lado, estaba la admiración. Era músico. Era un hombre que llenaba la casa de instrumentos y que tenía cosas que para mí eran casi mágicas.

Llegó a tener piezas que hoy serían consideradas verdaderos tesoros, como un Fender Rhodes y una Gibson TV Yellow de los años sesenta o setenta.

Yo veía aquellos instrumentos y, aunque todavía no entendía completamente su valor, sabía que eran especiales.

Con los años entendí también una frase que mi madre solía decir:

“Los bienes son para remediar los males”.

Y aquellos instrumentos, que alguna vez habían sido parte de la vida musical de mi papá, terminaron convirtiéndose en otra cosa: en una manera de enfrentar las enfermedades y las urgencias médicas que llegaron a nuestra familia.

Pero la historia de mi papá no estaba hecha solamente de música. También conocí sus sombras. El alcoholismo estuvo presente durante muchos años.

Nunca fue un padre violento, pero aquella situación lo alejaba de nosotros. Su oficio también significaba viajes, presentaciones y largas temporadas fuera de casa.

Había momentos en los que simplemente no estaba. Y para un niño, la ausencia de un padre siempre se siente de alguna manera, aunque en ese momento uno no tenga las palabras para explicarlo.

Pero también estaban los otros momentos. Los momentos en los que sí estaba. Y conforme fui creciendo (o percatándome de la realidad), algo comenzó a cambiar entre nosotros. Mi papá y yo terminamos siendo uña y mugre.

Cuando tenía vacaciones, muchas veces lo acompañaba a Oaxtepec. Esos viajes se convertirían en una parte importante de nuestra historia, de los cuales, hablaré más adelante.

Pero no todo eran viajes. Cuando tenía un rato libre, le gustaba jugar conmigo. Jugábamos fútbol o básquetbol. Eran momentos sencillos, pero para mí tenían un valor enorme. No necesitábamos hacer nada extraordinario. Bastaba con que él estuviera ahí, jugando conmigo.

Incluso llegamos a vivir aventuras que hoy, viéndolas desde la distancia, parecen increíbles. Una de ellas fue cruzar de noche el volcán Teuhtli.

En aquel momento probablemente no dimensionaba lo que significaba compartir esas experiencias con mi papá.

Hoy sí.

Porque con los años uno comienza a entender que la memoria no guarda solamente los grandes acontecimientos. También guarda esos momentos aparentemente pequeños en los que simplemente estábamos juntos.

Así que, el recuerdo de mi papá nunca ha sido de una sola pieza.

Está el músico.

Está el hombre que se ausentaba.

Está el padre que tuvo sus problemas.

Pero también está el papá cariñoso.

El que jugaba conmigo.

El que me llevaba con él.

El que compartía sus caminos conmigo.

Y el que, con el paso de los años, terminó convirtiéndose en uno de los compañeros más cercanos.

Durante mucho tiempo no entendí qué significaba todo aquello.

Simplemente era mi papá.

Y yo era su hijo.

Mi mamá era otra historia.

Si hay algo que recuerdo claramente de ella es su amor por la música.

Era una verdadera melómana y amaba la música de The Beatles.

Muchísimo.

Cuando pienso en ella, hay una canción que aparece inmediatamente en mi cabeza:

All You Need Is Love.

No solamente porque era una de sus canciones favoritas, sino porque fue la canción que bailó en su fiesta de quince años.

Eso siempre me ha parecido un detalle bonito: una canción que estuvo ligada a un momento importante de su adolescencia, terminó formando parte también de mi memoria.

Pero los gustos musicales de mi mamá iban mucho más allá de The Beatles. Escuchaba a Juan Gabriel, Rocío Dúrcal, Ana Gabriel y, por supuesto, boleros.

Le gustaba cantar mientras hacía el aseo.

Y creo que esa imagen se quedó conmigo.

Mi mamá cantando mientras hacía sus cosas. No estaba en un escenario. No necesitaba público. Simplemente cantaba. Quizá sin darse cuenta, también me heredó esa costumbre.

Yo canto cuando estoy feliz.

Cuando cocino.

O cuando estoy tranquilo.

La voz de mi mamá era dulce. Y aunque nunca subió profesionalmente a un escenario, dejó una huella profunda en mi sensibilidad musical.

Cuando pienso en aquellos años, me doy cuenta de que la música estaba presente de muchas formas.

Estaba en los discos de mi tía Elvira.

Estaba en la radio que yo escuchaba buscando canciones.

Estaba en los casetes que intentaba grabar.

Estaba en la voz de mi mamá.

Y estaba en mi papá, con sus instrumentos, sus canciones, sus viajes y cuando tocaba: The shadow of your smile con su guitarra en las noches tranquilas.

Yo todavía no sabía qué iba a hacer con todo aquello.

Pero la música ya llevaba años viviendo conmigo.

Este capítulo forma parte de Mi vida, mi Amor Bonito, la autobiografía de Luis Maum.


Capítulo 4: El niño que cazaba canciones en la radio

 Antes de convertirme en músico, fui melómano.

Y creo que esa diferencia es importante.

Durante muchos años no me imaginé tocando un instrumento frente a un público. La música no llegó primero como una profesión ni como un sueño de escenario. Llegó como compañía.

Desde niño había algo en las canciones que me atrapaba. No era solamente escucharlas. Era la sensación de que una melodía podía abrir una puerta hacia otro lugar.

Podía estar haciendo cualquier cosa y, de pronto, una canción conseguía detenerme.

En los años noventa la tecnología era muy diferente. No existían los teléfonos con miles de canciones en el bolsillo, ni las plataformas donde uno podía buscar cualquier canción en cuestión de segundos.

Si quería escuchar una canción, tenía que encontrarla. Y si quería conservarla, tenía que grabarla.

Los equipos de sonido de aquella época tenían una función que hoy puede parecer completamente sencilla, pero que para muchos niños de los noventa era casi mágica: podían grabar música directamente en un casete.

Yo tenía la paciencia necesaria para hacerlo.

Esperaba.

Escuchaba.

Cazaba canciones.

Había que tener el dedo preparado sobre el botón de grabar y estar atento al momento exacto. Si uno se tardaba, se perdían los primeros segundos. Si el locutor hablaba encima de la canción, había que aguantarse. Y si uno se equivocaba, tocaba esperar quién sabe cuánto tiempo hasta que volvieran a ponerla.

Era una especie de cacería.

Y yo era muy bueno esperando.

Una de las canciones que más me gustaba en aquella época era American Pie, de Don McLean.

La escuchaba en la radio y me fascinaba.

Pero en mi casa no había un casete donde pudiera escucharla cuando quisiera.

Así que hice lo que había que hacer: esperar.

Hasta que un día sucedió. Yo estaba preparado. La canción comenzó y presioné REC.

¡Lo había logrado!

¡Había capturado American Pie!

Para mí era como atrapar algo que estaba destinado a escaparse. Pero mi emoción duró poco. Cuando terminó la canción, presioné STOP, regresé el casete y me dispuse a escuchar mi obra maestra.

Entonces descubrí algo terrible.

La grabación había quedado a un volumen bajísimo. Tenía que subir el volumen del aparato casi al máximo para poder escucharla. Mi gran captura había resultado prácticamente inaudible.

Hoy me da risa recordarlo, pero en aquel momento, fue una pequeña tragedia.

Pero ahora, viéndolo desde la distancia, creo que aquella historia dice algo importante sobre mí. Yo no solamente quería escuchar música.

Quería guardarla.

Quería tenerla cerca.

Quería conservar esas canciones que llegaban por la radio y que, unos minutos después, desaparecían otra vez en el aire. Quizá por eso las perseguía. Quizá por eso esperaba frente a la radio.

Quizá por eso aprendí desde niño que una canción podía ser mucho más que unos minutos de sonido. Podía convertirse en algo que uno quisiera conservar para siempre.

Este capítulo forma parte de Mi vida, mi Amor Bonito, la autobiografía de Luis Maum.


Capítulo 3: La casa donde siempre había música

 

En medio de una infancia marcada por cambios de casa, silencios y momentos de incertidumbre, hubo un lugar donde las cosas parecían tener otro ritmo.

La casa de mi abuela materna, Elena.

Me gustaba ir ahí porque, de alguna manera, me sentía acompañado. Era diferente a otros lugares donde había vivido. No sé exactamente cómo explicarlo, pero cuando estaba ahí podía sentirme tranquilo.

Mi abuela era una mujer serena. De esas personas que transmiten cariño sin necesidad de hacer grandes demostraciones.

Para mí, su casa era un refugio.

Todavía recuerdo pequeños detalles que, con el paso de los años, se fueron haciendo enormes.

Mi abuela siempre me consentía con algunas golosinas que, hasta la fecha, siguen siendo de mis favoritas: las lenguas de gato de chocolate Bremen.

También estaban los polvorones y el café capuchino.

Visto desde la perspectiva de un adulto, pueden parecer cosas insignificantes. Pero para un niño no lo eran.

Eran pequeños rituales.

Pequeñas cosas que me hacían sentir querido.

Era como si, sin necesidad de decirlo, cada una de esas cosas me dijera:

¡Qué bueno que estás aquí!

Por las noches solíamos ver películas antes de dormir.

No ocurría nada extraordinario. No había grandes acontecimientos ni aventuras. Simplemente estaba esa sensación de estar acompañado. Y para un niño que muchas veces se había sentido solo, eso significaba mucho.

La casa de mi abuela no era solamente un lugar al que iba. Era una pausa. Un espacio donde podía bajar la guardia.

Dentro de esa misma casa vivía también mi tía Elvira. Era una mujer de carácter fuerte. Callada. Seria. No era una persona de muchas palabras, pero también le guardé un cariño muy especial.

Y aunque en aquel momento yo no podía saberlo, había algo en ella que terminaría acompañándome durante muchos años.

La música.

Mi tía tenía una enorme colección de vinilos. Le gustaba la música antigua, el bolero, la música ranchera y toda aquella música mexicana que pertenecía a una época que yo todavía no entendía, pero que poco a poco se fue convirtiendo en parte de mi paisaje.

Todas las mañanas ocurría el mismo ritual.

No importaba si era lunes, sábado o domingo.

A las cinco de la mañana, Elvira se levantaba, encendía su equipo de sonido y comenzaban a sonar aquellos grandes discos.

La casa despertaba con voces de otra época.

Con guitarras.

Con orquestas.

Con historias cantadas.

Yo no pensaba en aquello como algo especial. Para mí simplemente era lo que ocurría en casa de mi abuela.

La música estaba ahí.

Formaba parte de las mañanas.

Mientras otros niños quizá despertaban con el ruido de la televisión, de los coches o de la calle, yo crecía escuchando canciones que salían de los viejos vinilos de mi tía.

Y había algo más que me gustaba mucho de estar con ella.

Mi tía me llevaba a las chácharas.

Esas ventas donde uno podía encontrar prácticamente cualquier cosa: objetos usados, juguetes, herramientas, curiosidades y quién sabe cuántas cosas más.

Para un niño era una aventura.

Salir con ella significaba caminar, buscar entre las cosas, descubrir objetos que parecían tesoros y, muchas veces, regresar a casa con algún juguete entre las manos.

No sé si ella imaginaba lo mucho que significaban para mí aquellas salidas.

Probablemente no.

Para ella quizá simplemente era llevar a su sobrino a dar una vuelta.

Pero yo las recuerdo con cariño.

Con los años he entendido que muchas de las personas que marcaron mi camino musical no necesariamente fueron maestros de música.

Algunas simplemente me acercaron a sonidos.

Otras me dieron momentos.

Otras me enseñaron, sin proponérselo, que ciertas cosas podían quedarse para siempre en la memoria.

Mi abuela me dio el cariño de los pequeños momentos.

Mi tía Elvira me dejó el sonido de una época.

Y yo, sin saberlo, estaba empezando a construir una memoria llena de canciones.

Todavía no sabía tocar un instrumento. Todavía no sabía que algún día iba a escribir canciones.

Ni siquiera podía imaginar todo lo que la música iba a significar para mí. Pero ahora, cuando miro hacia atrás, hay algo que sí puedo reconocer. Antes de aprender acordes, aprendí que una canción podía convertirse en un recuerdo. Y que un recuerdo podía quedarse con uno para toda la vida.

Este capítulo forma parte de Mi vida, mi Amor Bonito, la autobiografía de Luis Maum.


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