Mi infancia estuvo marcada por los cambios.
Durante mis primeros años viví en diferentes casas de alquiler. Algunas eran bonitas, otras no tanto. Algunas tenían espacios donde podía jugar y correr; otras guardaban una sensación extraña que permanecía incluso después de que las dejábamos atrás.
La mayoría tenían algo en común: patios amplios.
En una había una palmera.
En otra, una higuera.
Son detalles que quizá parecen insignificantes, pero con el paso de los años se fueron quedando guardados en mi memoria como fotografías incompletas de una época que ya no existe.
Cuando pienso en las casas de mi infancia, la primera sensación que aparece no es precisamente la de un hogar perfecto.
Al contrario.
Muchas de aquellas casas nunca terminaron de gustarme.
Algunas tenían humedad.
Otras tenían rincones que durante la noche parecían transformarse.
Como muchos niños, yo tenía una imaginación enorme. Y cuando llegaba la noche, esa imaginación podía convertirse en una compañera, pero también en una fuente de miedo.
Desde pequeño fui un niño sensible y observador. Era de esos niños que perciben los ambientes y que sienten cuando un lugar tiene algo diferente, aunque todavía no tengan las palabras para explicarlo.
Además, durante mis primeros años fui un niño enfermizo. La tos y las fiebres eran frecuentes y recuerdo una sensación muy particular que aparecía cuando estaba enfermo: todo parecía cambiar de tamaño.
Las habitaciones se volvían enormes.
Los objetos parecían gigantes.
Y yo me sentía pequeño frente a un mundo que de pronto parecía demasiado grande. Esa sensación de vulnerabilidad se quedó guardada en algún lugar de mi memoria.
Pero hubo una experiencia en particular que, muchos años después, seguiría siendo uno de los recuerdos más extraños de mi infancia.
Yo tendría alrededor de siete años.
Era de noche y salí solo a lavarme las manos a la pila de agua de una de aquellas casas. El lugar estaba oscuro y yo estaba completamente solo.
Fue entonces cuando ocurrió algo que hasta hoy no sé cómo explicar.
Sentí una presencia.
Algo detrás de mí.
Y de pronto sentí un golpe en la espalda.
El miedo se apoderó de mí.
Entré corriendo al pequeño cuarto que formaba parte de aquella casona con patio amplio, buscando refugio.
Mi mamá me recibió y trató de tranquilizarme.
Nunca supimos qué había ocurrido realmente.
Con los años he pensado en distintas posibilidades. Tal vez fue una experiencia provocada por el miedo de un niño enfrentándose a la oscuridad. Tal vez ocurrió algo que simplemente nunca pude explicar.
Pero hay recuerdos que no necesitan una respuesta definitiva para permanecer con nosotros. Algunas experiencias no se quedan por lo que fueron, se quedan por lo que nos hicieron sentir. Y aunque mi infancia tuvo momentos de soledad, nunca estuve completamente solo. Tenía a mis hermanos.
Éramos cuatro niños intentando entender un mundo que muchas veces parecía demasiado grande.
Mis padres, por distintas circunstancias, pasaban mucho tiempo ausentes. La vida de adulto los llevaba por caminos complicados y, aunque hubo cariño, también existieron espacios vacíos que nosotros tuvimos que aprender a llenar entre nosotros.
Entre hermanos nos cuidábamos.
Nos acompañábamos.
Aprendimos, desde pequeños, a estar juntos.
Quizá sin saberlo, aquella etapa comenzó a formar una característica que me acompañaría durante toda mi vida: la capacidad de encontrar compañía incluso en medio de la ausencia.
Años después esa misma capacidad aparecería en la música.
Cuando una canción llegaba por la radio.
Cuando un instrumento llenaba un cuarto vacío.
Cuando una melodía parecía decir aquello que las palabras no podían expresar.
Pero eso todavía estaba lejos.
Por ahora yo solamente era un niño que caminaba por patios grandes, que miraba las cosas con atención y que poco a poco comenzaba a construir un mundo interior enorme.
Todavía no sabía que algún día iba a convertir todo aquello en canciones.