martes, 11 de agosto de 2026

Capítulo 2: Las casas donde aprendí a observar

 

Mi infancia estuvo marcada por los cambios.

Durante mis primeros años viví en diferentes casas de alquiler. Algunas eran bonitas, otras no tanto. Algunas tenían espacios donde podía jugar y correr; otras guardaban una sensación extraña que permanecía incluso después de que las dejábamos atrás.

La mayoría tenían algo en común: patios amplios.

En una había una palmera.

En otra, una higuera.

Son detalles que quizá parecen insignificantes, pero con el paso de los años se fueron quedando guardados en mi memoria como fotografías incompletas de una época que ya no existe.

Cuando pienso en las casas de mi infancia, la primera sensación que aparece no es precisamente la de un hogar perfecto.

Al contrario.

Muchas de aquellas casas nunca terminaron de gustarme.

Algunas tenían humedad.

Otras tenían rincones que durante la noche parecían transformarse.

Como muchos niños, yo tenía una imaginación enorme. Y cuando llegaba la noche, esa imaginación podía convertirse en una compañera, pero también en una fuente de miedo.

Desde pequeño fui un niño sensible y observador. Era de esos niños que perciben los ambientes y que sienten cuando un lugar tiene algo diferente, aunque todavía no tengan las palabras para explicarlo.

Además, durante mis primeros años fui un niño enfermizo. La tos y las fiebres eran frecuentes y recuerdo una sensación muy particular que aparecía cuando estaba enfermo: todo parecía cambiar de tamaño.

Las habitaciones se volvían enormes.

Los objetos parecían gigantes.

Y yo me sentía pequeño frente a un mundo que de pronto parecía demasiado grande. Esa sensación de vulnerabilidad se quedó guardada en algún lugar de mi memoria.

Pero hubo una experiencia en particular que, muchos años después, seguiría siendo uno de los recuerdos más extraños de mi infancia.

Yo tendría alrededor de siete años.

Era de noche y salí solo a lavarme las manos a la pila de agua de una de aquellas casas. El lugar estaba oscuro y yo estaba completamente solo.

Fue entonces cuando ocurrió algo que hasta hoy no sé cómo explicar.

Sentí una presencia.

Algo detrás de mí.

Y de pronto sentí un golpe en la espalda.

El miedo se apoderó de mí.

Entré corriendo al pequeño cuarto que formaba parte de aquella casona con patio amplio, buscando refugio.

Mi mamá me recibió y trató de tranquilizarme.

Nunca supimos qué había ocurrido realmente.

Con los años he pensado en distintas posibilidades. Tal vez fue una experiencia provocada por el miedo de un niño enfrentándose a la oscuridad. Tal vez ocurrió algo que simplemente nunca pude explicar.

Pero hay recuerdos que no necesitan una respuesta definitiva para permanecer con nosotros. Algunas experiencias no se quedan por lo que fueron, se quedan por lo que nos hicieron sentir. Y aunque mi infancia tuvo momentos de soledad, nunca estuve completamente solo. Tenía a mis hermanos.

Éramos cuatro niños intentando entender un mundo que muchas veces parecía demasiado grande.

Mis padres, por distintas circunstancias, pasaban mucho tiempo ausentes. La vida de adulto los llevaba por caminos complicados y, aunque hubo cariño, también existieron espacios vacíos que nosotros tuvimos que aprender a llenar entre nosotros.

Entre hermanos nos cuidábamos.

Nos acompañábamos.

Aprendimos, desde pequeños, a estar juntos.

Quizá sin saberlo, aquella etapa comenzó a formar una característica que me acompañaría durante toda mi vida: la capacidad de encontrar compañía incluso en medio de la ausencia.

Años después esa misma capacidad aparecería en la música.

Cuando una canción llegaba por la radio.

Cuando un instrumento llenaba un cuarto vacío.

Cuando una melodía parecía decir aquello que las palabras no podían expresar.

Pero eso todavía estaba lejos.

Por ahora yo solamente era un niño que caminaba por patios grandes, que miraba las cosas con atención y que poco a poco comenzaba a construir un mundo interior enorme.

Todavía no sabía que algún día iba a convertir todo aquello en canciones.

lunes, 10 de agosto de 2026

Capítulo 1: La laguna y el niño que miraba lejos

 

Nací el 2 de noviembre de 1985 en Mexicali, Baja California.

Era el año del gran terremoto de la Ciudad de México, aunque en ese momento mi historia comenzaba muy lejos de la capital, en una tierra de contrastes: el desierto, el calor intenso y esos horizontes interminables de la Baja.

Muchos años después, cuando intenté reconstruir mis primeros recuerdos, apareció una imagen que todavía hoy me cuesta explicar.

No era una fotografía.

Tampoco era un recuerdo que alguien me hubiera contado.

Era una escena que simplemente estaba dentro de mí.

Me veía pequeño, sentado —quizá en una mecedora de bebé— observando a lo lejos un paisaje enorme.

Frente a mí había una laguna, un desierto, una palapa y un objeto que, por alguna razón, quedó grabado en mi memoria: una hielera de Pepsi, de aquellas que durante los años ochenta formaban parte del paisaje cotidiano de las tiendas, los restaurantes y los pequeños negocios.

Ese fue, según yo, mi primer recuerdo.

Durante muchos años conservé aquella imagen sin cuestionarla demasiado. Simplemente estaba ahí, como una pequeña película guardada en algún lugar de mi memoria.

Hasta que un día se la conté a mi mamá.

Ella me escuchó con sorpresa.

—No puede ser que recuerdes eso —me dijo—. Tenías meses de nacido.

Después me explicó que aquel lugar era la Laguna Salada. Tiempo después, mi padre haría una precisión mencionando que en realidad era la Laguna México porque ahi solíamos ir de paseo y a pescar.

La lógica decía que un bebé de tan corta edad difícilmente podría conservar un recuerdo consciente de un paisaje. Tal vez mi memoria había mezclado sensaciones, historias familiares y momentos posteriores. Tal vez aquella imagen se había construido con el paso de los años, sin que yo pudiera distinguir qué parte había sucedido realmente y cuál había sido creada por mi propia mente.

Pero, con el tiempo, dejó de importarme comprobar si el recuerdo era completamente exacto.

Lo importante era lo que significaba para mí.

Antes de recordar nombres, recuerdo lugares.

Antes de recordar conversaciones, recuerdo una sensación: la inmensidad de un paisaje.

Quizá por eso, muchos años después, podía pasar horas mirando por una ventana.

Quizá por eso encontraba inspiración en una calle, una casa, una persona o una pequeña historia que para otros podía pasar desapercibida.

Porque mucho antes de escribir canciones, yo ya estaba aprendiendo a mirar el mundo.

Y tal vez ahí comenzó todo.

No con un instrumento.

No con una melodía.

Sino con un niño pequeño sentado frente a una laguna, un desierto y una inmensidad que todavía no sabía nombrar.


Capítulo 2: Las casas donde aprendí a observar

  Mi infancia estuvo marcada por los cambios. Durante mis primeros años viví en diferentes casas de alquiler. Algunas eran bonitas, otras no...