lunes, 10 de agosto de 2026

La laguna y el niño que miraba lejos

 

Nací el 2 de noviembre de 1985 en Mexicali, Baja California.

Era el año del gran terremoto de la Ciudad de México, aunque en ese momento mi historia comenzaba muy lejos de la capital, en una tierra de contrastes: el desierto, el calor intenso y esos horizontes interminables de la Baja.

Muchos años después, cuando intenté reconstruir mis primeros recuerdos, apareció una imagen que todavía hoy me cuesta explicar.

No era una fotografía.

Tampoco era un recuerdo que alguien me hubiera contado.

Era una escena que simplemente estaba dentro de mí.

Me veía pequeño, sentado —quizá en una mecedora de bebé— observando a lo lejos un paisaje enorme.

Frente a mí había una laguna, un desierto, una palapa y un objeto que, por alguna razón, quedó grabado en mi memoria: una hielera de Pepsi, de aquellas que durante los años ochenta formaban parte del paisaje cotidiano de las tiendas, los restaurantes y los pequeños negocios.

Ese fue, según yo, mi primer recuerdo.

Durante muchos años conservé aquella imagen sin cuestionarla demasiado. Simplemente estaba ahí, como una pequeña película guardada en algún lugar de mi memoria.

Hasta que un día se la conté a mi mamá.

Ella me escuchó con sorpresa.

—No puede ser que recuerdes eso —me dijo—. Tenías meses de nacido.

Después me explicó que aquel lugar era la Laguna Salada. Tiempo después, mi padre haría una precisión mencionando que en realidad era la Laguna México porque ahi solíamos ir de paseo y a pescar.

La lógica decía que un bebé de tan corta edad difícilmente podría conservar un recuerdo consciente de un paisaje. Tal vez mi memoria había mezclado sensaciones, historias familiares y momentos posteriores. Tal vez aquella imagen se había construido con el paso de los años, sin que yo pudiera distinguir qué parte había sucedido realmente y cuál había sido creada por mi propia mente.

Pero, con el tiempo, dejó de importarme comprobar si el recuerdo era completamente exacto.

Lo importante era lo que significaba para mí.

Antes de recordar nombres, recuerdo lugares.

Antes de recordar conversaciones, recuerdo una sensación: la inmensidad de un paisaje.

Quizá por eso, muchos años después, podía pasar horas mirando por una ventana.

Quizá por eso encontraba inspiración en una calle, una casa, una persona o una pequeña historia que para otros podía pasar desapercibida.

Porque mucho antes de escribir canciones, yo ya estaba aprendiendo a mirar el mundo.

Y tal vez ahí comenzó todo.

No con un instrumento.

No con una melodía.

Sino con un niño pequeño sentado frente a una laguna, un desierto y una inmensidad que todavía no sabía nombrar.


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