En medio de una infancia marcada por cambios de casa, silencios y momentos de incertidumbre, hubo un lugar donde las cosas parecían tener otro ritmo.
La casa de mi abuela materna, Elena.
Me gustaba ir ahí porque, de alguna manera, me sentía acompañado. Era diferente a otros lugares donde había vivido. No sé exactamente cómo explicarlo, pero cuando estaba ahí podía sentirme tranquilo.
Mi abuela era una mujer serena. De esas personas que transmiten cariño sin necesidad de hacer grandes demostraciones.
Para mí, su casa era un refugio.
Todavía recuerdo pequeños detalles que, con el paso de los años, se fueron haciendo enormes.
Mi abuela siempre me consentía con algunas golosinas que, hasta la fecha, siguen siendo de mis favoritas: las lenguas de gato de chocolate Bremen.
También estaban los polvorones y el café capuchino.
Visto desde la perspectiva de un adulto, pueden parecer cosas insignificantes. Pero para un niño no lo eran.
Eran pequeños rituales.
Pequeñas cosas que me hacían sentir querido.
Era como si, sin necesidad de decirlo, cada una de esas cosas me dijera:
¡Qué bueno que estás aquí!
Por las noches solíamos ver películas antes de dormir.
No ocurría nada extraordinario. No había grandes acontecimientos ni aventuras. Simplemente estaba esa sensación de estar acompañado. Y para un niño que muchas veces se había sentido solo, eso significaba mucho.
La casa de mi abuela no era solamente un lugar al que iba. Era una pausa. Un espacio donde podía bajar la guardia.
Dentro de esa misma casa vivía también mi tía Elvira. Era una mujer de carácter fuerte. Callada. Seria. No era una persona de muchas palabras, pero también le guardé un cariño muy especial.
Y aunque en aquel momento yo no podía saberlo, había algo en ella que terminaría acompañándome durante muchos años.
La música.
Mi tía tenía una enorme colección de vinilos. Le gustaba la música antigua, el bolero, la música ranchera y toda aquella música mexicana que pertenecía a una época que yo todavía no entendía, pero que poco a poco se fue convirtiendo en parte de mi paisaje.
Todas las mañanas ocurría el mismo ritual.
No importaba si era lunes, sábado o domingo.
A las cinco de la mañana, Elvira se levantaba, encendía su equipo de sonido y comenzaban a sonar aquellos grandes discos.
La casa despertaba con voces de otra época.
Con guitarras.
Con orquestas.
Con historias cantadas.
Yo no pensaba en aquello como algo especial. Para mí simplemente era lo que ocurría en casa de mi abuela.
La música estaba ahí.
Formaba parte de las mañanas.
Mientras otros niños quizá despertaban con el ruido de la televisión, de los coches o de la calle, yo crecía escuchando canciones que salían de los viejos vinilos de mi tía.
Y había algo más que me gustaba mucho de estar con ella.
Mi tía me llevaba a las chácharas.
Esas ventas donde uno podía encontrar prácticamente cualquier cosa: objetos usados, juguetes, herramientas, curiosidades y quién sabe cuántas cosas más.
Para un niño era una aventura.
Salir con ella significaba caminar, buscar entre las cosas, descubrir objetos que parecían tesoros y, muchas veces, regresar a casa con algún juguete entre las manos.
No sé si ella imaginaba lo mucho que significaban para mí aquellas salidas.
Probablemente no.
Para ella quizá simplemente era llevar a su sobrino a dar una vuelta.
Pero yo las recuerdo con cariño.
Con los años he entendido que muchas de las personas que marcaron mi camino musical no necesariamente fueron maestros de música.
Algunas simplemente me acercaron a sonidos.
Otras me dieron momentos.
Otras me enseñaron, sin proponérselo, que ciertas cosas podían quedarse para siempre en la memoria.
Mi abuela me dio el cariño de los pequeños momentos.
Mi tía Elvira me dejó el sonido de una época.
Y yo, sin saberlo, estaba empezando a construir una memoria llena de canciones.
Todavía no sabía tocar un instrumento. Todavía no sabía que algún día iba a escribir canciones.
Ni siquiera podía imaginar todo lo que la música iba a significar para mí. Pero ahora, cuando miro hacia atrás, hay algo que sí puedo reconocer. Antes de aprender acordes, aprendí que una canción podía convertirse en un recuerdo. Y que un recuerdo podía quedarse con uno para toda la vida.
Este capítulo forma parte de Mi vida, mi Amor Bonito, la autobiografía de Luis Maum.