Antes de convertirme en músico, fui melómano.
Y creo que esa diferencia es importante.
Durante muchos años no me imaginé tocando un instrumento frente a un público. La música no llegó primero como una profesión ni como un sueño de escenario. Llegó como compañía.
Desde niño había algo en las canciones que me atrapaba. No era solamente escucharlas. Era la sensación de que una melodía podía abrir una puerta hacia otro lugar.
Podía estar haciendo cualquier cosa y, de pronto, una canción conseguía detenerme.
En los años noventa la tecnología era muy diferente. No existían los teléfonos con miles de canciones en el bolsillo, ni las plataformas donde uno podía buscar cualquier canción en cuestión de segundos.
Si quería escuchar una canción, tenía que encontrarla. Y si quería conservarla, tenía que grabarla.
Los equipos de sonido de aquella época tenían una función que hoy puede parecer completamente sencilla, pero que para muchos niños de los noventa era casi mágica: podían grabar música directamente en un casete.
Yo tenía la paciencia necesaria para hacerlo.
Esperaba.
Escuchaba.
Cazaba canciones.
Había que tener el dedo preparado sobre el botón de grabar y estar atento al momento exacto. Si uno se tardaba, se perdían los primeros segundos. Si el locutor hablaba encima de la canción, había que aguantarse. Y si uno se equivocaba, tocaba esperar quién sabe cuánto tiempo hasta que volvieran a ponerla.
Era una especie de cacería.
Y yo era muy bueno esperando.
Una de las canciones que más me gustaban en aquella época era American Pie, de Don McLean.
La escuchaba en la radio y me fascinaba.
Pero en mi casa no había un casete donde pudiera escucharla cuando quisiera.
Así que hice lo que había que hacer: esperar.
Hasta que un día sucedió. Yo estaba preparado. La canción comenzó y presioné REC.
¡Lo había logrado!
¡Había capturado American Pie!
Para mí era como atrapar algo que estaba destinado a escaparse. Pero mi emoción duró poco. Cuando terminó la canción, presioné STOP, regresé el casete y me dispuse a escuchar mi obra maestra.
Entonces descubrí algo terrible.
La grabación había quedado a un volumen bajísimo. Tenía que subir el volumen del aparato casi al máximo para poder escucharla. Mi gran captura había resultado prácticamente inaudible.
Hoy me da risa recordarlo, pero en aquel momento, fue una pequeña tragedia.
Pero ahora, viéndolo desde la distancia, creo que aquella historia dice algo importante sobre mí. Yo no solamente quería escuchar música.
Quería guardarla.
Quería tenerla cerca.
Quería conservar esas canciones que llegaban por la radio y que, unos minutos después, desaparecían otra vez en el aire. Quizá por eso las perseguía. Quizá por eso esperaba frente a la radio.
Quizá por eso aprendí desde niño que una canción podía ser mucho más que unos minutos de sonido. Podía convertirse en algo que uno quisiera conservar para siempre.
Este capítulo forma parte de Mi vida, mi Amor Bonito, la autobiografía de Luis Maum.
Una historia de música, amor, pérdidas, encuentros y caminos que, sin saberlo, terminaron convirtiéndose en canciones.
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