La música ya estaba alrededor de mí mucho antes de que yo me considerara músico.
Vivía en mi casa.
Estaba en las reuniones familiares, en los instrumentos, en las voces y en las canciones que sonaban una y otra vez.
Mis primeros maestros no tenían un salón de clases.
Eran mis propios padres.
Mi papá es músico. Un músico veterano que durante muchos años ha vivido de la música. Desde que tengo memoria, los instrumentos formaron parte de nuestra casa y de mi vida.
Mi mamá era diferente.
Nunca tuvo una formación profesional como cantante, pero tenía algo que yo siempre admiré en ella: un oído musical impresionante.
Tenía una sensibilidad especial para reconocer una buena canción. Podía escuchar algo y saber si le gustaba, aunque quizá no hubiera sabido explicar técnicamente por qué.
Siempre he pensado que, si hubiera estudiado música, habría sido una gran intérprete.
Mis papás tenían un grupo llamado Los Mustios.
Era una agrupación versátil, de esas que podían moverse entre distintos estilos y tocar lo mismo en una reunión que en un café cantante o en algún evento.
Para mí, ellos simplemente eran mis papás.
Pero también eran músicos.
Y poco a poco comencé a entender que aquella parte de sus vidas también formaba parte de la mía.
Uno de los recuerdos musicales más importantes de mi infancia está relacionado con una canción: Adiós a Jamaica.
A finales de los años ochenta, durante una presentación de Los Mustios en un café cantante, alguien grabó al grupo en un casete. Quizá fue mi papá; no lo recuerdo con certeza.
En aquellos años era común que las grabadoras portátiles tuvieran un pequeño micrófono integrado. No era una grabación profesional ni mucho menos. Era simplemente una manera de guardar un momento.
Días después escuchamos aquella grabación.
No recuerdo exactamente en qué momento de la canción ocurre, si al principio o al final, pero hay algo que nunca olvidé: la voz de mis papás por el micrófono dedicándonos la canción a sus hijos.
A mis hermanos y a mí.
Aquella grabación podía parecer cualquier cosa para alguien que no conociera nuestra historia.
Para mí era otra cosa.
Ese casete no solamente guardaba música. Guardaba un pedacito de mi familia. Y quizá por eso las grabaciones siempre han tenido un significado especial para mí. No solamente por cómo suenan, sino por todo lo que pueden contener sin que uno se dé cuenta.
Una voz.
Una época.
Una persona que ya no está.
Una noche que no volverá.
Un amor.
Mi papá siempre fue una figura compleja para mí. Por un lado, estaba la admiración. Era músico. Era un hombre que llenaba la casa de instrumentos y que tenía cosas que para mí eran casi mágicas.
Llegó a tener piezas que hoy serían consideradas verdaderos tesoros, como un Fender Rhodes y una Gibson TV Yellow de los años sesenta o setenta.
Yo veía aquellos instrumentos y, aunque todavía no entendía completamente su valor, sabía que eran especiales.
Con los años entendí también una frase que mi madre solía decir:
“Los bienes son para remediar los males”.
Y aquellos instrumentos, que alguna vez habían sido parte de la vida musical de mi papá, terminaron convirtiéndose en otra cosa: en una manera de enfrentar las enfermedades y las urgencias médicas que llegaron a nuestra familia.
Pero la historia de mi papá no estaba hecha solamente de música. También conocí sus sombras. El alcoholismo estuvo presente durante muchos años.
Nunca fue un padre violento, pero aquella situación lo alejaba de nosotros. Su oficio también significaba viajes, presentaciones y largas temporadas fuera de casa.
Había momentos en los que simplemente no estaba. Y para un niño, la ausencia de un padre siempre se siente de alguna manera, aunque en ese momento uno no tenga las palabras para explicarlo.
Pero también estaban los otros momentos. Los momentos en los que sí estaba. Y conforme fui creciendo (o percatándome de la realidad), algo comenzó a cambiar entre nosotros. Mi papá y yo terminamos siendo uña y mugre.
Cuando tenía vacaciones, muchas veces lo acompañaba a Oaxtepec. Esos viajes se convertirían en una parte importante de nuestra historia, de los cuales, hablaré más adelante.
Pero no todo eran viajes. Cuando tenía un rato libre, le gustaba jugar conmigo. Jugábamos fútbol o básquetbol. Eran momentos sencillos, pero para mí tenían un valor enorme. No necesitábamos hacer nada extraordinario. Bastaba con que él estuviera ahí, jugando conmigo.
Incluso llegamos a vivir aventuras que hoy, viéndolas desde la distancia, parecen increíbles. Una de ellas fue cruzar de noche el volcán Teuhtli.
En aquel momento probablemente no dimensionaba lo que significaba compartir esas experiencias con mi papá.
Hoy sí.
Porque con los años uno comienza a entender que la memoria no guarda solamente los grandes acontecimientos. También guarda esos momentos aparentemente pequeños en los que simplemente estábamos juntos.
Así que, el recuerdo de mi papá nunca ha sido de una sola pieza.
Está el músico.
Está el hombre que se ausentaba.
Está el padre que tuvo sus problemas.
Pero también está el papá cariñoso.
El que jugaba conmigo.
El que me llevaba con él.
El que compartía sus caminos conmigo.
Y el que, con el paso de los años, terminó convirtiéndose en uno de los compañeros más cercanos.
Durante mucho tiempo no entendí qué significaba todo aquello.
Simplemente era mi papá.
Y yo era su hijo.
Mi mamá era otra historia.
Si hay algo que recuerdo claramente de ella es su amor por la música.
Era una verdadera melómana y amaba la música de The Beatles.
Muchísimo.
Cuando pienso en ella, hay una canción que aparece inmediatamente en mi cabeza:
All You Need Is Love.
No solamente porque era una de sus canciones favoritas, sino porque fue la canción que bailó en su fiesta de quince años.
Eso siempre me ha parecido un detalle bonito: una canción que estuvo ligada a un momento importante de su adolescencia, terminó formando parte también de mi memoria.
Pero los gustos musicales de mi mamá iban mucho más allá de The Beatles. Escuchaba a Juan Gabriel, Rocío Dúrcal, Ana Gabriel y, por supuesto, boleros.
Le gustaba cantar mientras hacía el aseo.
Y creo que esa imagen se quedó conmigo.
Mi mamá cantando mientras hacía sus cosas. No estaba en un escenario. No necesitaba público. Simplemente cantaba. Quizá sin darse cuenta, también me heredó esa costumbre.
Yo canto cuando estoy feliz.
Cuando cocino.
O cuando estoy tranquilo.
La voz de mi mamá era dulce. Y aunque nunca subió profesionalmente a un escenario, dejó una huella profunda en mi sensibilidad musical.
Cuando pienso en aquellos años, me doy cuenta de que la música estaba presente de muchas formas.
Estaba en los discos de mi tía Elvira.
Estaba en la radio que yo escuchaba buscando canciones.
Estaba en los casetes que intentaba grabar.
Estaba en la voz de mi mamá.
Y estaba en mi papá, con sus instrumentos, sus canciones, sus viajes y cuando tocaba: The shadow of your smile con su guitarra en las noches tranquilas.
Yo todavía no sabía qué iba a hacer con todo aquello.
Pero la música ya llevaba años viviendo conmigo.
Este capítulo forma parte de Mi vida, mi Amor Bonito, la autobiografía de Luis Maum.
Una historia de música, amor, pérdidas, encuentros y caminos que, sin saberlo, terminaron convirtiéndose en canciones.
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