miércoles, 12 de agosto de 2026

Capítulo 8: El volcán en llamas

Mi adolescencia no llegó poco a poco.

Llegó como una explosión.

Si alguien hubiera conocido al Luis de los primeros años de secundaria, probablemente habría imaginado un futuro completamente diferente para mí.

Durante los primeros dos años fui un buen estudiante. Incluso llegué a formar parte del cuadro de honor.

Seguía siendo aquel niño tranquilo, serio y responsable. No era de los que buscaban problemas. Más bien todo lo contrario: observaba, escuchaba y trataba de hacer las cosas bien.

Pero en tercer año de secundaria algo comenzó a romperse. A mi mamá le detectaron cáncer.

Mis padres se divorciaron y después cada uno rehízo su vida con nuevas parejas. La estructura familiar que hasta entonces había conocido comenzó a cambiar frente a mí.

Y yo todavía no sabía cómo procesar todo aquello. Una cosa detrás de otra:

La enfermedad de mi mamá.

La separación de mis padres.

Los cambios de casa.

La sensación de que aquello que hasta entonces había entendido como mi familia comenzaba a desordenarse.

Y mientras todo eso ocurría, yo también estaba cambiando.

Tenía una edad en la que uno comienza a preguntarse quién es, qué quiere y a dónde pertenece.

Pero yo no tenía respuestas.

Tenía emociones.

Tenía enojo.

Tenía miedo.

Tenía confusión. Y no sabía qué hacer con nada de eso.

Entonces apareció la música de una manera diferente. Hasta ese momento había sido compañía, curiosidad, descubrimiento. Ahora comenzaba a convertirse también en una forma de desahogo.

Mis gustos musicales se volvieron mucho más intensos, o al menos eso me parecía a mí en aquella época.

Descubrí bandas que hablaban desde la rabia, la frustración, la inconformidad y esa sensación de no encajar que muchas veces acompaña a la adolescencia.

Yo encontraba algo de mí en esas canciones.

No necesariamente porque las letras contaran exactamente mi historia, sino porque tenían una energía que parecía darle forma a cosas que yo todavía no sabía nombrar.

Había emociones que no podía explicar.

Dolores que no sabía cómo expresar.

Preguntas para las que nadie tenía respuestas.

Y entonces ponía música. El volumen podía decir lo que yo todavía no podía.

Pero mientras la música encontraba una salida, mi vida también comenzó a tomar caminos que no necesariamente me estaban llevando a un buen lugar.

Dejé la escuela.

Comencé a beber y atravesé una etapa de excesos que, vista desde la distancia, hoy puedo entender de otra manera.

No lo cuento para hacer de aquella época un alarde.

No lo fue.

Fue una etapa complicada.

Muy, muy heavy.

Era un adolescente intentando encontrar una manera de lidiar con cosas que me quedaban grandes y, en el proceso, también tomé decisiones que me alejaron de la persona que había sido durante mis primeros años.

No me enorgullezco de todo lo que hice entonces, pero tampoco reniego de aquel muchacho.

Era yo.

Un adolescente confundido, tratando de encontrar alguna forma de escapar de todo aquello que no sabía cómo enfrentar.

Y quizá esa sea la manera más honesta en la que puedo contar aquella etapa.

Sin justificarla.

Sin presumirla.

Simplemente reconociendo que ocurrió.

Sin embargo, había algo que permanecía.

La música. A pesar de todo, seguía ahí.

Como había ocurrido desde niño, continuaba siendo ese hilo que me conectaba con algo que estaba más allá de lo que estaba viviendo.

Podía cambiar la escuela.

Podían cambiar las personas.

Podía cambiar mi familia.

Podía cambiar yo.

Pero la música seguía acompañándome.

Y entonces apareció un instrumento que cambiaría mi vida:

el bajo eléctrico.

Pero antes de llegar a él, todavía había una historia que tenía que ocurrir.

Una historia que también estaba relacionada con mi familia.

Y con una persona que, muchos años después, sería una de las razones principales por las que entendería de una manera mucho más profunda qué significa el amor bonito.

Porque antes de irme a Guanajuato, antes de que mi mamá enfrentara el cáncer, antes de que muchas cosas cambiaran...

Hubo una niña.

Una compañera de secundaria.

Una historia que comenzó casi como comienzan las historias que terminan siendo importantes:

Sin que nadie supiera todavía cuánto iban a significar.

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