Años después, cuando todavía era un niño, ocurrió algo que cambiaría la manera en que mi papá me veía musicalmente.
Mi papá trabajaba como músico en el Centro Vacacional Oaxtepec, en Morelos.
Para mí, acompañarlo era toda una aventura.
Yo tenía alrededor de nueve años y, mientras él tocaba en los restaurantes del lugar, yo ayudaba repartiendo volantes de los sitios donde se presentaba.
Me pagaban poco, pero para un niño aquello significaba algo importante: tenía mi propio dinero. Además, podía recorrer prácticamente todo el centro vacacional.
Con el tiempo llegué a conocerlo como la palma de mi mano. Sabía sus caminos, sus rincones y sus espacios. Conocía los lugares donde se podía caminar, los restaurantes y las zonas por donde normalmente se movía la gente.
Una tarde, mientras mi papá tocaba en un restaurante llamado Los Tabachines, propiedad del señor Tenorio, yo estaba sentado frente a él.
No estaba haciendo nada extraordinario. No estaba intentando demostrar nada. Simplemente tenía una taza naranja de plástico y una cuchara.
Y comencé a marcar el ritmo de la canción que mi papá estaba tocando.
Para mí era algo completamente natural.
Pero para él no pasó desapercibido. Había algo en la manera en que seguía el ritmo que llamó su atención.
Entonces decidió ponerme a prueba.
—Voy a tocar otra canción y tú me sigues.
Acepté.
Mi papá cambió de canción. Y yo volví a seguirlo. Una canción. Después otra. Y otra. No sabía nada de teoría musical. No conocía los términos para explicar lo que estaba haciendo. Simplemente podía sentir el tiempo.
Desde pequeño había tenido una relación curiosa con el ritmo.
Recuerdo que cuando tenía relojes de manecillas me gustaba calcular mentalmente cuándo la aguja llegaría al número doce.
No necesitaba escuchar el tic-tac.
Simplemente lo sentía. Calculaba. Y muchas veces acertaba.
Era como si tuviera un pequeño reloj funcionando dentro de mí.
Yo todavía no sabía que aquello tenía algo que ver con la música. Pero mi papá sí comenzó a notarlo. Y entonces hizo algo que no esperaba.
Dejó de tocar.
Se levantó de su lugar y se fue al pequeño cuarto donde se hospedaba cerca del centro vacacional.
Unos minutos después regresó con una batería electrónica Sony que funcionaba con pilas. Para mí aquello parecía casi un juguete futurista. Tenía botones, sonidos y diferentes ritmos.
En aquellos años, algo así podía parecer una pequeña maravilla tecnológica.
Mi papá me enseñó cómo funcionaba y comencé a experimentar con ella. No tardé demasiado en aprender. Y poco después empecé a acompañarlo.
Los meseros del lugar terminaron poniéndole un apodo:
“El Nintendo”.
La comparación era inevitable. Aquella batería electrónica parecía un control de videojuego. Pero para mí no era un juego.
Era música.
Por primera vez estaba dejando de ser solamente el niño que escuchaba las canciones de su papá.
Ahora podía entrar en ellas.
Podía seguirlas.
Podía acompañarlas.
Podía formar parte de lo que estaba sucediendo.
Mis presentaciones con mi papá fueron pocas, pero aquella experiencia dejó algo que no se borró. Por primera vez sentí que la música no solamente era algo que podía escuchar o imaginar. También podía participar en ella.
Y, sin embargo, había una contradicción.
A pesar de aquella facilidad natural, yo seguía siendo un niño introvertido. No era de esos niños que soñaban con subirse a un escenario y convertirse en el centro de atención.
De hecho, estar frente a la gente me provocaba cierta incomodidad. No sé si llamarlo miedo. Era algo más difícil de explicar.
La música me atraía.
Pero al mismo tiempo, una parte de mí prefería quedarse en silencio, observar desde un rincón y dejar que fueran otros los que ocuparan el centro.
Esa contradicción me acompañaría durante muchos años.
Por un lado, estaba el niño que podía escuchar el ritmo y seguirlo casi de manera instintiva.
Por otro, estaba el niño que todavía prefería pasar desapercibido.
Todavía no sabía que algún día tendría que aprender a convivir con los dos.
Este capítulo forma parte de Mi vida, mi Amor Bonito, la autobiografía de Luis Maum.
Una historia de música, amor, pérdidas, encuentros y caminos que, sin saberlo, terminaron convirtiéndose en canciones.
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