martes, 11 de agosto de 2026

Capítulo 6: Cuando la música dejó de ser solamente algo que escuchaba

Durante muchos años estuve rodeado de música, pero eso no significaba que me imaginara como músico.

La escuchaba.

La disfrutaba.

La necesitaba.

Pero todavía no me veía a mí mismo creando.

La música pertenecía a otros: a mi papá, a mi mamá, a los discos, a la radio.

Yo era quien escuchaba.

Hasta que un día ocurrió algo que, en aquel momento, parecía simplemente una experiencia de infancia. Muchos años después entendería que había sido uno de los primeros momentos en los que sentí una conexión real con la creación musical.

Fue alrededor de 1991 o 1992, yo habré tenido unos 6 o 7 años no más.

Mi papá había recibido prestado un teclado Yamaha. No recuerdo exactamente el modelo. Era uno de esos teclados pequeños que, además de las teclas, traían una caja de ritmos integrada.

Para alguien que años después conocería sintetizadores, estaciones de trabajo y equipos mucho más sofisticados, probablemente aquel teclado parecería bastante sencillo.

Para mí era otra cosa.

Era prácticamente una puerta hacia otro universo.

Un día lo tomé.

Lo puse sobre mis piernas y comencé a tocar.

No sabía teoría musical.

No conocía escalas.

No sabía qué estaba haciendo técnicamente.

Simplemente dejé que mis manos buscaran sonidos.

Presionaba una tecla y escuchaba.

Probaba otra.

Volvía a una anterior.

Y poco a poco apareció una melodía.

No era una canción terminada.

No tenía una estructura definida.

No tenía letra.

Pero era algo que había nacido de mí.

Y eso produjo una sensación que todavía puedo reconocer cuando la recuerdo.

Mientras tocaba, todo lo demás desapareció.

El tiempo.

El ruido alrededor.

Cualquier preocupación.

Solamente estaba yo y aquel sonido que estaba creando.

No sabía que eso tenía un nombre.

No sabía que años después iba a pasar muchas horas buscando exactamente esa sensación.

Simplemente me gustaba estar ahí.

Muchos años después, cuando me sentaba frente a un teclado para componer, esa misma sensación regresaba.

Esa capacidad de olvidarme del mundo durante un rato.

De entrar en un espacio donde solamente existe la música.

Lo curioso es que en aquel momento no pensé:

Voy a ser músico.

No hubo una revelación dramática.

No hubo una decisión de dedicar mi vida al arte.

Simplemente ocurrió.

Después de un tiempo, mi papá tuvo que devolver el teclado. Y aquel primer instrumento desapareció de mi vida. Aunque todavía quedaba otro instrumento importante en la casa.

El Fender Rhodes.

Pero ese tenía una regla muy clara:

No se tocaba.

Era un instrumento de mi papá.

Así que aquel teclado Yamaha fue, por un tiempo, mi primer espacio de libertad musical.

No tenía permiso para convertir el Rhodes en un juguete. Pero sí había podido sentarme frente a aquel Yamaha y descubrir algo que nadie me había enseñado:

que yo también podía hacer que un instrumento dijera algo que antes no existía.

Después el teclado se fue. Y durante un tiempo no pasó nada.

Al menos eso parecía.

Porque aquella primera experiencia quedó guardada en algún lugar de mi memoria.

Una de esas cosas que parecen insignificantes cuando suceden, pero que muchos años después, cuando uno mira hacia atrás, adquieren otro significado.

Ahí fue la primera vez que entendí, aunque todavía no pudiera ponerlo en palabras, que la música también podía salir de mí.

 Este capítulo forma parte de Mi vida, mi Amor Bonito, la autobiografía de Luis Maum.


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